AVUI A POL

Can ràbia per Francesc Via

Sin miedo al descenso

Esto empieza de nuevo. Y pese a que es inevitable pensar que tras el paréntesis de la pandemia las cosas pueden cambiar, no debemos hacernos trampas al solitario: seguimos teniendo muy malas cartas. Tener esperanza no puede significar autoengañarse, de la misma manera que tenerlo tan difícil no puede significar jamás darse por vencido. Lo que si debería significar siempre el Espanyol es rebeldía. Contra lo establecido, contra el conformismo y contra su propio destino. Si no, es que realmente vamos por mal camino. El Espanyol es rebelde o no es. Ese es nuestro único ADN.

No tengo miedo al descenso. Lo he vivido dos veces y se lo que significa. No me asusta, y además por lo demostrado este año probablemente nos lo merezcamos. Es una situación que la gran mayoría de los clubes de fútbol suelen vivir a lo largo de su historia y nosotros somos afortunados puesto que la hemos vivido muy pocas veces. De los que yo he conocido, en el 89 devaluamos la plantilla y sobrevaloramos a un técnico. En el 93 no teníamos mal equipo, pero todo se fue pudriendo de a poco, sin capacidad de reacción. Ignoro si todos los pecados cometidos este curso nos obligarán a pasar por ese trance de nuevo, pero estoy preparado, y creo que la mayoría de los pericos también. Algunos desertarán, desde luego, pero el grueso permanecerá. No es el carnet ni el abono, está en la sangre. El Espanyol es un club de primera, aunque esté en segunda. Y aunque muchos crean que quiero dulcificar el drama, lo cierto es que un paréntesis de un año -repito, de un año- puede ser incluso terapéutico si sirve para regenerarse, como sucedió en el 94. Ahora bien, no pretendo con ello restarle ni un ápice de intensidad al desastre, al naufragio. Una catástrofe deportiva, económica y social que todavía se puede evitar. Pero, ¿cómo?

Para ello hay que empezar por encontrar algo que todavía no hemos visto en los ojos de los jugadores e incluso del técnico. Abelardo me parece un tipo simpático que está haciendo su trabajo como buenamente sabe. Un profesional. Pero para salir del pozo hace falta más. Mucho más. A los jugadores les hemos visto correr y sufrir mucho este año, pero no les hemos visto creer en lo que estaban haciendo. Lo que falta es convencimiento. Lo que falta es fe. Sin duda la pandemia ha acrecentado la lejanía con el equipo y a la vez ha fomentado la percepción de cosa ajena. Les hemos visto entrenar, esforzarse, lanzar mensajes de ilusión, pero una cosa es poner todo tu empeño en tu tarea porque quieres hacer bien tu trabajo, y otra cosa distinta dejarse el alma. Ni más ni menos. El alma. Ese puntito tan necesario de fe ciega, de locura, no sabemos todavía si está ahí. Por lo cual, más allá de promesas huecas en las ruedas de prensa virtuales, ahora toca demostrarlo en el campo. Esa fe, ese convencimiento, el que se escurrió por las alcantarillas de Valladolid y Pamplona, es el que debe mostrarse ante el Alavés. Es indispensable para intentar la salvación. Pero si no se logra, hay que querer morir de pie. Innegociable. El ADN, recuerden.

No me da miedo el descenso, solo me da miedo ver a un equipo que se conforme con hacer su trabajo. Que no quiera volverse loco, resistirse al abismo, rebelarse a su suerte. No me da miedo el descenso, me da miedo que el equipo no entienda que no se trata de ganar o perder, ni siquiera de primera o segunda división, sino de que debe enviar un mensaje claro a su gente: no importa la distancia, ni el vacío de las gradas, estamos juntos en esto y vamos a jugar como lo haría cualquiera de vosotros si vistiese esta camiseta. Vamos a dejarnos el alma.

Francesc Via 

@francescviapol         


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