AVUI A POL

Can ràbia per Francesc Via

2020, buscando la identidad

Hoy se acaba un año histórico, 2019, en el que el club volvió a Europa muchos años después. Paradójicamente, el final de este año ha garantizado que el 2020 también quede marcado para siempre en la historia blanquiazul: será el del quinto descenso o el de otra salvación milagrosa. Más milagrosa que nunca, si atendemos a la puntuación del equipo. Pero llevo tiempo, mucho tiempo pensando en lo que nos ocurre, cuales son las causas de haber llegado hasta aquí, y mi conclusión, que ustedes pueden compartir o no, es que el club se halla en una crisis histórica de identidad de la cual lo deportivo no es el principal problema, sino solamente el síntoma más apreciable y evidente. Esta crisis es peor que cualquiera a la que nos hayamos enfrentado  hasta ahora, porque bajar a segunda es dramático, pero peor, muchísimo peor, es asomarse a tu 120 aniversario y no saber quién eres, ni quién quieres ser.

Para ser justos, esta no es una situación nueva, pero anteriormente las circunstancias nos habían impedido pensar en ello. Lo urgente se lleva mal con lo importante. No hace tanto, cuando no teníamos para pagar la luz ni el agua, -y no es hipérbole- la idea de club era absolutamente secundaria. Primum vívere, deinde philosophari. Pero el Espanyol ha estado siempre huérfano de buenos pensadores tanto o más que de buenos contables. Este año han sucedido cosas que nos permiten, repito, visualizarlo a las claras. Vayámonos al césped, donde pasa lo evidente. Cuatro entrenadores con cuatro sistemas de juego distintos y un denominador común: la debilidad de carácter de los futbolistas. ¿Nadie ha reparado en ello, cuando veníamos advertidos desde hace años? Pero es que esa debilidad de carácter viene siendo endémica desde hace tiempo en nuestra cantera, con honrosas excepciones. Fíjense en la mayoría de los nombres con los que bautizamos las puertas del estadio. Hay un denominador común y no es la calidad, sinó no encontraríamos nombres queridos y recordados como el de Pacheta o Chica. Es el carácter. Esa es la piedra filosofal de nuestro club que llevamos ignorando desde hace ya tiempo. El carácter. El Espanyol no puede criar únicamente jugadores de pie exquisito porque de benjamines a cadetes los rapta nuestro vecino o se los lleva la Premier League. El Espanyol necesita vertebrar su cantera conforme a lo que debería ser su primer equipo: competitividad, lucha, carácter. Sin desdeñar la calidad claro, pero carácter. Como sucede con el Atlético en Madrid o el actual Getafe. Asímismo debe orientar bajo ese parámetro esencial todas las incorporaciones y fichajes. Piensen en los delanteros históricos del club, de Arcas a Marañón o Tamudo e incluso Osvaldo o Stuani. Carácter. Querer ser otra cosa, no es tan solo un error, es ir contra natura.

Pero es que el fútbol es solo lo evidente. Esta ausencia de carácter y la autoexigencia que conlleva aparejada la hallamos en todos los aspectos de la entidad. Tanto como que el director general cesante se atrevió a arrinconar y cambiar los símbolos del club, su propio nombre. No le bastó con rediseñar el logo, quería rediseñar a los pericos. Y no fue únicamente culpa suya. Si lo intentó fue porque le dejamos. Porque no se encontró una entidad con suficiente peso ni ánimos para contrarrestarlo, ya que socialmente llevamos décadas en recesión. Nos fijamos solo en indicadores superficiales como el número de socios o la asistencia al campo, pero ¿cuantos militantes tenemos? ¿Cuántos hemos captado y cuantos hemos perdido? ¿Cómo nos hemos acostumbrado a encogernos de hombros ante el conflicto de la grada? Y la indefinición se extiende a otros apartados del club. Hace tiempo que comunicamos una imagen fofa, blandengue y bienquedista, lejos del espíritu de luchadores a contracorriente que nos ha caracterizado siempre. Tenemos a leyendas del club en puestos ignotos o como figuras decorativas. Tenemos portavoces a los que no nos creemos. Tenemos responsables que no quieren asumir sus responsabilidades. Tenemos a incapaces a los que no apartamos definitivamente de puestos de relevancia. Estamos lejos, muy lejos del espíritu que definió Sergio Aguilar, autor de lo mejor que se ha escrito sobre el Espanyol este año; háganse un favor y échenle un vistazo.

Toda crisis supone una oportunidad, y no es retórica de autoayuda. No sabemos lo que pasará este año pero seguro que va a poner a prueba nuestros sentimientos y nuestra fidelidad. No sabemos todavía que quiere hacer Chen con el club, ni podemos actuar sobre los ámbitos del mismo. Pero el Espanyol somos nosotros, hayamos vendido o no las acciones, seguimos siendo nosotros. La conexión nunca fue accionarial, sino emocional. El Espanyol es quien lo siente, lo vive y lo sufre. Si desde el club no se dan cuenta de que el golpe de timón es necesario, hay que encontrar la manera de vertebrar socialmente a los que quedamos para influir sobre los que pueden decidir. Y explicarles lo que queremos ser 120 años después: un club que se parezca al espíritu de su gente. Luchador, irreductible y de carácter. Un club del que sentirnos orgullosos al margen de victorias o derrotas y al que acompañaremos sin pestañear a último confín de Europa, o al mismísimo fondo del infierno.

Suerte, energía y ánimo a todo aquel que siente este club y a por 2020.

Francesc Via 

@francescviapol    


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