AVUI A POL

Doy palabra per M.C. Cánovas

Tiempo de castañas

No son buenos tiempos, estos, para la lírica perica. Toca apretar mucho los dientes, pero mucho. Pero apretarlos echándole bemoles a la ventisca. No valen los lamentos, los quejidos o los reproches. Hoy, no sirven para nada. Hoy sólo sirve arremangarse para ir a la guerra. Hoy nadie, absolutamente nadie, está ni hundido del todo ni medianamente salvado. Sin ir más lejos, el otro día el colista se tiró al cuello del líder. No hay tiempo más que para poner sobre la mesa los argumentos que precisa la urgencia del momento o buscarlos, como sin duda se está haciendo, para salir de la crisis. Un descenso es muy malo para cualquiera, pero para el Espanyol, más. Y no me hagan entrar en detalles.

Lo del descenso lo he padecido en vivo y en directo. Tanto la lucha por eludirlo como la caída en el pozo y la pelea por salir de él. Día a día, tropiezo a tropiezo, alegría tras alegría. Situaciones límite que me permiten creer que sí se puede. Ya sé que cada momento y circunstancia no tiene que ver con otro pero, miren...

¿Recuerdan la temporada 93-94? El Espanyol había bajado a Segunda y afrontaba el reto de volver a Primera con José Antonio Camacho en el banquillo. Las primeras jornadas no podían ser más desalentadoras: en seis partidos, 8 puntos; en el sexto le cayó al equipo un 3-0 en Santiago de Compostela que colmó la paciencia del técnico y al regreso, y esto ya lo he contado alguna vez, llamó a capítulo, en su vestuario, a los referentes de la plantilla. Llegó el partido siguiente, el séptimo de una Liga en la que el Espanyol estaba muy alejado de los puestos de ascenso. El Mallorca visitaba Sarrià y empató, sin goles y con un disparo a la madera de Stosic que hizo temblar los viejos cimientos del querido estadio. Pero les puedo asegurar que aquel día el Espanyol fue otro. Tanto que ese empate en casa fue el primero de los 21 partidos que los pericos de Camacho estuvieron sin perder, ascendiendo matemáticamente a Primera a falta de ocho o nueve fechas, no lo recuerdo con exactitud, para el final de la Liga. Se podía y se pudo. Esgrimiendo las armas que había que esgrimir. Ahí abajo no tienen cabida las milongas de encopetados gurús, por mucho que lo sean. Y el Espanyol, el equipo, su técnico, supieron entenderlo. Por eso se pudo.

Otra, y les dejo tranquilos. La vuelta de Clemente para intentar evitar una más de las muchas caídas libres que hemos sufrido. El Rubio, ya lo conocen, de milongas, las justas, en Primera, en Segunda o en Tercera. La cosa estaba muy mal y empezó a encadenar empates. Se trataba de no perder puntos y un día de aquellos dijo Clemente que "Los empates son castañas..." pero castaña a castaña el equipo fue saliendo del pozo. No había más lectura que puntuar o puntuar. Y nadie, absolutamente nadie, leyó otro libreto.

Háganme caso porque los años te aportan los conocimientos y yo ya tengo muchos, años obviamente. Dejémonos de reproches y de lamentos. Vamos a leer única y exclusivamente el libro que conviene. Para jugar el domingo, para fichar el lunes, para apretar los dientes, para sumar y sumar "castañas" y más "castañas".

Todo lo que no sea eso, por ejemplo levantar cadalsos, en estos momentos no sirve para nada.

M.C. Cánovas


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